domingo, 26 de julio de 2015

EKÚMENE MÍSTICA DEL SACRO MONTE

Kim Pérez

El maravilloso tema de los Plomos del Sacromonte sigue teniendo mucho que hablar. Primero, porque fue la única heterodoxia española que pasó como por el aire entre los siglos de la Inquisición y segundo, porque quizá su dimensión es mayor de lo que primero se pensó.
Ya sabemos que los partidarios de que los Plomos no eran verdaderos descubrieron que eran un artificio morisco, y pensaron que su propósito era acercar Cristianismo e Islam en Granada y salvar lo salvable de la diamantina adoración monoteísta islámica. Lo harían, en su angustia, mediante una falsificación, un recurso triste; pero asombra que los Libros de Plomo vibran de hermosura y de gracia, cuando una falsificación sería sólo por amargura!
Los moriscos Castillo y Luna parecen unidos a otras minorías. Estamos viendo que, en el mismo 1595 en que empezaron a descubrirse los Plomos, levantaron una cruz, frente a la futura Abadía, los Canteros de Granada, con este nombre y el emblema de la Escuadra y el Compás. Eran entonces los francmasones operativos, estaban construyendo nuestra Catedral, y veneraban el Templo de Salomón: “A la memoria y exemplo / de aquellas piedras famosas / cuias colunas preciosas / fueron de Dios bivo Templo…”, dice la inscripción en la cara Sur de la base.
Lo salomónico está tan vinculado a la Abadía, que está construida bajo el Sello de Salomón o Estrella de David, que ya Hagerty notó que era un símbolo alquímico. No bajo alguna forma de Cruz, asociada en particular a la devoción cristiana en el Sacro Monte, sino como representación de la espiritualidad universal sacromontana.
¿Había alquimistas en Granada, en el siglo XVI, como en toda Europa? ¿Eran judíos secretos, como había tantísimos aquí? En el texto de uno de los Libros de Plomo hay una visión, que vuela entre bellezas, del Paraíso Terrenal como una ciudad de cuatro puertas, Norte, Sur, Este y Oeste, que recuerda a la Nueva Jerusalén… y a la Santa Fe visible, mencionándose también a alcázares con miradores como los de la Alhambra y hasta a cerros con viviendas debajo…
Esto lleva a considerar la hipótesis de que los Plomos no sean una falsificación, sino un cuento exotérico o abierto, popular, que acerque a una visión esotérica u oculta, que sería mística, donde se pudieran unir moriscos, cristianos, judíos, ocultistas… El Islam granadino era sufí, y ya había dicho Ibn Arabi, hacía siglos, que “mi corazón es capaz de todas las formas…” Y San Juan de la Cruz había estado en Granada.

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Unas decenas de metros al Sur de la Abadía del Sacro Monte hay una cruz sobre un pedestal con cuatro caras. En la cara Oeste, hay grabada la inscripción “Canteros de Granada”, y bajo ella las dos formas angulares cruzadas de la escuadra y el compás y, atravesando sus brazos, una regla; en la cara Sur, están los siguientes versos:
“A la memoria i exemplo / de aquellas piedras famosas / cuias colunas preciosas / fueron de Dios biuo templo / en el monte donde vieron / tanta gloria i tanto bien / de piedra esta cruz tan bien / los canteros ofrecieron / Anno de 1595”
En la cara Norte, mirando a la Abadía, están estos otros, que parecen de la misma mano, por los paralelismos, pero con más emoción:
“Al valor divino y fuerte / de unos soldados que fueron / tales que al mundo vencieron / y sujetaron la muerte / y a sus despojos ganados / con tal fuerça y tanta luz / lebantaron esta cruz / otros piadosos soldados”.
Y en la cara Este, bajo el letrero “Soldados de la Alhambra”, hay un bajorrelieve de un soldado en armadura, con un cañón, arcabuces, lanzas, alabardas, banderas, etc
“Soldados de la Alhambra” : es decir, supongo que del Cuerpo de Inválidos. Veteranos, ganadores en tantas guerras de sólo sus despojos, asociados con los canteros que estaban construyendo la Catedral de Granada y que veneraban el Templo de Salomón.
No hay en España escrito comparable a éste sobre la Francmasonería Operativa, la unión de los canteros que habían hecho las catedrales de Europa, ni de su posible vínculo con los hombres de guerra que habían expuesto día a día sus vidas, otra labor sagrada.
Estos Canteros Francmasones, probablemente esotéricos, probablemente herederos en Escocia de algunas tradiciones templarias, estaban por tanto íntimamente vinculados al movimiento espiritual que estaba vibrando en el Sacro Monte de Granada, centrado en un intento de fusión del Cristianismo y el Islam.
Las fuerzas que dinamizarían este impulso debían de ser el esoterismo y la mística de los Cristianos y la mística sufí del Islam, la del corazón con alas que vuela lleno de amor a Dios.
En ese año de 1595 habían empezado a salir a la luz pública los Libros de Plomo que creaban así el Sacro Monte. Miguel José Hagerty, un gitano americano, joven, delgado y estilizado, discípulo en Granada de Fray Darío Cabanelas y seguidor de José Godoy Alcántara, concordaba con ellos en que se trataba de un intento de formar un Cristianismo Morisco; en medio de los siglos de la Inquisición era un empeño a la desesperada, que consiguió eludirla.
Pero aunque contaran una historia inventada, eran algo más que una falsificación, pues había en ellos desde luego un cuento exotérico, dirigido a conseguir el apoyo de una mayoría, engañándola, pero en el fondo quizá una intención esotérica, oculta, comprensible sólo para una minoría que tenía que esconderse: el mensaje de que Dios es Uno, que es el Único Dios, el mismo para Cristianos, Musulmanes, Esoteristas y Judíos, que no hay razón para el enfrentamiento a muerte de las religiones…
Por eso, el emblema de los Libros de Plomo era el Sello de Salomón o Escudo de David, los dos triángulos cruzados formando una estrella de seis puntas, Dios mirando hacia lo humano y lo humano mirando hacia Dios, y este emblema llegó a ser el de la Abadía del Sacro Monte, una Abadía cristiana a la que representaba un emblema previo a la Cruz, y casi un emblema de la ciudad de Granada, para quienes conocen esta historia de Cristianos, Moriscos y Gitanos.

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Existe la posibilidad de que esta historia fuera iniciada por la Francmasonería Operativa, y al cabo de unos años fuera asumida con gran fuerza y “enthousiasmos” por los Moriscos más cultivados.
En su Introducción, Miguel José Hagerty habla de un precedente de los Libros Plúmbeos cuando el 18 de marzo de 1588, los obreros que trabajaban en el derribo de la Torre Vieja de la antigua Mezquita Mayor, hallaron una caja de plomo.
Abierta al día siguiente, aparecieron reliquias, entre ellas una tabla con la imagen de la Virgen con traje de egipciana o gitana (un símbolo asombroso), un trozo de paño triangular y un pergamino.
En éste, un texto en primera persona anónima hablaba “en nombre de la muy honorífica trinidad con unidad de la fe más soberana”, de una peregrinación a “la casa” de Jerusalén, y de la donación a quien esto escribía de esa mitad triangular de una toca de la Virgen, que fue milagrosa para que recuperase la vista, y vio así una profecía de San Juan Evangelista, que había sido escrita en hebreo y traducida en griego supuestamente por Dionisio Areopagita, que se transcibía después, en un tablero ajedrezado en rojo y negro.
Empezaba diciendo que “La edad de la luz ya comenzada, por el maestro y por su pasión redimida, con dolor del cuerpo y los profetas pasados que, alumbrados de la tercera persona, esperaron su venida…”
 Y seguía: “A los seis siglos cumplidos de su advenimiento, por pecados graves en el  mundo que cometidos serán, tinieblas se levantarán muy oscuras en las orientales partes.Y a las occidentales se extenderán por ministros furiosos que en ellas serán criados con que la luz de nuestro sol se eclipsará. Y el templo del maestro y su fe graves persecuciones padecerán”.
Y sigue: “Y los quince siglos cumplidos por los pertinaces corazones endurecidos, segundas tinieblas se levantarán en las partes de Aquilón y de ella un dragón saldrá (…) La fe dividirá en sectas y con la otra juntada el mundo ocuparán (…) Y por su maestro la sensualidad traerán (…) La luz en parte diminuta de la tierra se retirará, donde (…) será en el abrigo de la columna de su piedad (…)”
Creo que todo este artificio puede atribuirse a los canteros que en ese año de 1588 trabajaban en la obra de la contigua catedral, primero porque serían quienes más fácilmente, de noche, podrían haber dejado la caja en el derribo de la Torre Vieja, y segundo, por la coherencia de las ideas expuestas en el pergamino con las que se pueden atribuir a la Francmasonería Operativa.
Respetando la fe en la Trinidad (que era lo que en los posteriores Libros de Plomo no compartieron los Moriscos), alude a una peregrinación, no sólo a Jerusalén, sino a la,”santa casa” de Jerusalén, esto es, al Templo  derribado, que los francmasones veneraban.
San Juan Evangelista, a quien se atribuye la profecía, era uno de los dos Santos Juanes, patronos de la Masonería Operativa, cuya fiesta se celebra el 27 de diciembre, como la de San Juan Bautista, el 24 de junio, lo que alude probablemente a los dos solsticios, de invierno y de verano, en los que crece la luz y empieza a disminuir. Y la alusión a (Pseudo) Dionisio Areopagita, la relaciona con la mística negativa que podía ser desde principios de siglo una de las inspiraciones de los Alumbrados de Castilla.
El texto pseudoprofético habla por tanto de la dialéctica luz-tinieblas, que es de ascendencia gnóstica, y menciona a los profetas alumbrados, con lo que también se acerca al lenguaje de los Alumbrados.
Como es natural, la naturaleza del texto como profecía “post eventu”, permite datar con exactitud en tiempo y lugar, cómo al llegar el siglo VI, surgieron las tinieblas orientales, que se extendieron por las partes occidentales “por ministros furiosos” , eclipsando la luz del verdadero sol. Jamás un Morisco, convertido a la fuerza, hubiera podido hablar así del Islam, por lo que hay que excluir, de entrada, un origen Morisco de la invención.
Y menciona de nuevo el “templo del maestro”, la religión representada como Templo y Jesús como Maestro, usando de nuevo unos términos que podrían ser francmasones operativos y simbólicos.
Al cumplirse o terminar el siglo XV, unas segundas tinieblas (que se añadían a las consideradas primeras), surgidas en el Norte,  desde donde se juntarán con las anteriores, por lo que la luz quedará reducida a una parte disminuída de la tierra, donde (osaré entenderlo así) la protegerá la columna masónica.
Esta invención pudo ser muy comentada entre los Moriscos y los Judíos Secretos de la ciudad, que hipotetizo que hallarían la manera de comunicar con los Francmasones e intentar desarrollar las posibilidades de una apertura del Catolicismo, como de hecho la intentó el Arzobispo de Granada.
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En 1595, ocho años después, parece que los Moriscos habían asumido y protagonizaban ahora la iniciativa que  habría partido de los Francmasones Operativos. Los que quedaron en Granada tras las sucesivas expulsiones, seguirían contando con la protección de Don Pedro III de Granada Venegas, I Marqués de Campotéjar, descendiente de reyes nazaríes.
Los conjuntos ideológicos que la favorecían serían ya, por tanto y por orden, los Francmasones, algunos restos de los Alumbrados unidos, indisolublemente, a los Místicos Católicos, practicantes ambos de la religión interior (cuyos conventículos o beaterios había visitado San Juan de la Cruz, desde el convento de los Mártires) y ahora los Moriscos; había, sin duda, Judíos Secretos en la ciudad, pero no tengo hasta ahora prueba de su participación, pues el Sello de Salomón no era todavía un emblema Judío, sino ocultista.
Su empleo en los Plomos es más bien señal del  supuesto acuerdo previo entre Francmasones Operativos y Moriscos; el mismo Sello puede probarlo, pero sobre todo el hecho de que, en la colección de los dieciocho dibujos de los Libros Plúmbeos que representan algo relacionado con ese Sello, hay seis, una tercera parte, en la que aparecen dos ángulos cuzados, uno hacia arriba y otro hacia abajo, pero sin formar la estrella de los dos triángulos; ése es el mismo esquema del compás y la escuadra de los Francmasones.
Parece que el método con que se inventaron los Plomos fue mentira en el marco narrativo y verdad en el mensaje. Como ya había contado más de un milenio antes Hesíodo, en la “Teogonía”, las Musas se le habían aparecido diciéndole: “Nosotras sabemos decir mentiras que parecen verdades y verdades que parecen mentiras”
Para poder publicar el mensaje, para sortear los peligros mortales de la Inquisición, no se encontró mejor medio que recurrir como continente a una novela histórica, cuyos protagonistas serían María, Jacobo Hijo de Zebedeo y Aben Alradí o Cecilio; el contenido sería el máximo común divisor de todos los implicados: la fe en Dios Único y en la religión interior.
Este planteamiento  sencillo podía ser expresado en términos cuasi islámicos, en la versión interiorizada, simplificadora y ecuménica del Sufismo, que se había extendido en el Islam de la Granada nazarí; lo cristiano podía ser aceptado pero subordinado a lo islámico, como de hecho lo está en el Corán.
En el “Kitab maylisin Ya’qub al Huriyy” o “Libro de las acciones de Jacob el Apóstol”, se inventa el recorrido de Santiago Hijo de Xameh el Zebedeo, predicando por Hispania: ese discípulo de Jesús no lo predica, sino que habla en todas partes de Dios Único, del Vivo Perpetuo que no muere (el "Dios bivo", de la cruz de los canteros), contradiciendo a los idólatras; habla de sus cien nombres, uno secreto, que sólo Dios lo sabe, y otros noventa y nueve (tradición islámica) y cuando conoce a Aben Almogueira, le pregunta “¿Quieres la fe?” y éste responde “Yo quiero lo que admite el entendimiento” (la razón) Sólo de vez en cuando, raramente, alude a la misa, y de pasada, a Jesús como Mesías.
Este capítulo viene precedido por el “Kitab al hikam ad din”, o “Libro de las sentencias de la Ley”, que expone cien de ellas, tres, “verdad de la fe” y las otras, “verdad del buen obrar”.
La primera proclama la obligación de “creer en Dios que no hay otro Dios sino él [la primera parte de la Chahada o profesión de fe islámica: “no hay dios sino Dios”] y que hay otra vida y los preceptos de su ley”; la segunda, que “Jesús es Verbo” y “su Espíritu fiel” [segunda parte, como adaptación de la Chahada: “Muhammad, Profeta de Dios”]; y la tercera, que vendrá al mundo después de Jesús, una “luz de Dios, que se llama Vivificante, Iluminado (…) paráclyto (…) luz de los profetas”, y quienes creyeren, serán “alumbrados con verdadera luz manifiesta de Dios”.
En estas expresiones de la fe aparecen entrelazadas la tradición islámica con la de los Alumbrados, puesto que es el Espíritu, luz de los profetas, quien viene “después” de Jesús. Y, correlativamente, entre los noventa y siete preceptos del buen obrar que siguen, se habla de una religiosidad privada, y no se menciona en ningún momento a la Iglesia de Jesús ni la dependencia de sus sacramentos:  “El que de vosotros quisiere buscar la perfección en el agrado de Dios, deje el mundo”; “elegid el guiaros por la familia de Dios”; "comunicad a menudo a los doctores en la Ley”;  “el dirigiros unos a otros es de los que tienen dirección”; “encaminad unos a otros en el camino del sustento”; “no matéis la persona, que prohibió Dios, y el defensor del matador de ella es de los habitadores del fuego, si no se convierte”; “quitad el hambre y la sed a vuestros prójimos”; “daos a meditar de Dios en la creación de los cielos y la tierra”.
Se ve en estos preceptos el deseo de una comunidad más alumbrada e incluso protestante que católica. No se habla de seguir las enseñanzas de la Iglesia, sino de elegir a quienes sepan; ni del cumplimiento dominical, ni de la confesión o comunión y parece que se censura veladamente el fuego de la Inquisición.
En cambio, aparecen tres preceptos más relacionados con costumbres islámicas que con la religión: dos de ellos, aluden a la limpieza: “Procurad limpieza en los cuerpos y vestidos, porque esto es señal de la limpieza del pecado” y “Conviene que haya limpieza en los templos de toda manera”; y el tercero, a las mujeres: “Escóndanse las mujeres… el hacer muestra de ellas es raíz de transgresiones y pecados”.

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La visión del Infierno es muy nueva, lo que indica una fuerte reflexión teológica propia, completamente libre y heterodoxa en relación con el Catolicismo.
Se expresa con estos símbolos:
“Y en esto vi una región, en medio de ellos cercada de muralla de hierro negro, no sabe la grandeza de su grosedad y anchura sino Dios, y en ella siete puertas abiertas de piedra negra, que si entrara la Tierra cuan extendida es por una puerta de aquellas puertas cupiera sin dificultad. Y entre puerta y puerta espacio de cien mil años de apresurado camino. Y vi cuatro ríos que salían de él, su agua negra, hedionda, de color de tinta de escribir”.
Dos páginas después, el concepto más nuevo:
“Y díjele [María a Gabriel]
“¿Por qué el Paraíso tiene ocho puertas y el Infierno, siete?
“Y díjome:
“Sabe que el Paraíso tiene una puerta más que el Infierno porque se aventaja la misericordia de Dios a su ira y es capaz de todas las cosas. Y llámase la Puerta de la Penitencia”.
Así responde, imaginativamente, a la objeción de cómo un Dios Misericordioso y Justo podría condenar eternamente al Infierno a sus criaturas, humanos o demonios. El Catolicismo no ha querido todavía contestar.
Pero el Libro de Plomo responde con la sencillez y la fuerza de una parábola de Jesús: El Paraíso tiene 8 puertas y el Infierno, 7.
Había un velo de tinieblas. “Y salió de él un ángel de feroz ceño, no sabe la grandeza de su poder sino Dios, y juró por el que creó los cielos y la tierra con voz como trueno y horrible que no se quitara aquel velo de los contumaces [KP: de quienes no se arrepientan] de los habitantes del fuego, ni verán a Dios jamás”.
Era el Ángel de la Desesperación. Y después ve al Ángel de la Guarda del Infierno, con la espada cortadora de la Justicia, y los Ángeles de Tormento.
Y precisa que el fuego no les toca, porque “aquel a quien toca el tormento y la perdición no puede atormentar más que a sí convenientemente y al atormentador no le ha de tocar tormento”.
Los ángeles atormentadores no desobedecen a Dios “ni un guiñar de ojo”, pues “puso Dios la felicidad de su vida y su descanso en la ejecución de su justicia (…) y su comida de ellos y bebida de ellos es la memoria de Dios y venganza de todos los habitadores del Infierno”.
Los demonios también están entre los atormentados, no son los atormentadores.
María habla con Satanás, y después de saber que está allí por su soberbia, y la memoria de los que sirven a Dios, y la malicia, y la envidia, y la privación de la esperanza de tener buena opinión de Dios, y que vive de malos pensamientos y malicias, de la maldición y la mentira, de la tentación a los hijos de Adán, y que ama la contumacia y la perdición, y aborrece la obra santa, ella le dice:
“Llora tu pecado y conviértete a Dios. Rogaré a él por ti para que se convierta a ti y te perdone y te entre en su misericordia (…)
“Y díjome:
“Fáltame el llanto y la disposición (…)”
 Visitó después otros espacios distintos. Otro lugar cercado de hierro negro. “Y almas que descendían a él como desciende la lluvia de las nubes a la tierra”.
Eran las almas de los rebeldes.
“No entran en el infierno ni prueban el fuego… les preparó este sitio en que se detendrán hasta el Día del Juicio (…)
Los rebeldes que en Granada, a fines del siglo XVI, estaban más cercanos, eran los Moriscos de la Guerra de las Alpujarras, entre 1568 y 1571, hacía veinticuatro años. La rebelión se consideraba, en general, un pecado, pero aquel Morisco que escribía entonces tenía que saber las poderosas razones que habían llevado a los suyos a rebelarse y a morir… y tenía que suspender el juicio, hasta que Dios lo decidiera, en el Juicio Final.
Los demás espacios que ve, son los que enseñaba la Iglesia Católica.
Dice María: “Y otro espacio cercado con muralla de cobre (…) y vi almas que bajaban a él como la lluvia en el mundo y ellas ardían en calor fuerte y sudor hirviente y los ángeles sacaban de ellas alguna e iban con ellas a la puerta de lo último del Trono”.
Era el Purgatorio.
“… y vi una cubierta que defiende del calor y llama y es de grande, gruesa. Y después de ella estaba un seno, que su longitud es el camino de un año, y en él niños pequeños que no probaban el calor ni el frío (…) y los niños que están en él son los que salen del lugar del mundo sin fe y uso de razón para ser condenados. En el día de la venida de Dios harales de gracia lo que quisiere, conforme a su voluntad”.
Era el Limbo.
“Y en esto vi una casa muy poderosa, cercada de murallas de cobre destruídas. Y en ella ruina  tomada de orín [óxido] y en ella un seno abierto de hierro negro, y estaba vacía, de gozo (…) Es la casa olvidada y el seno se llama Faltante, que pasaron por ella los profetas y santos con Jesús, desde el linaje de Adán al gozo”
Era el llamado Seno de Abraham, a donde los primeros cristianos creían que bajó Jesús a rescatar a los Patriarcas y Profetas y llevarlos consigo a la Gloria.

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En el libro se repite en paralelo, quizá sin inspiración directa, la “Escala de Mahoma”, musulmana, que tradujo al castellano Alfonso X, y que motivó la Divina Comedia de Dante. Esta obra, escrita en árabe, es la última grande de la literatura de Al Andalus. Parece literatura popular, rica en frases hechas, repetidas muchas veces, como  “no sabe su precio o su tamaño sino Dios”, eficaces al ponderar algo casi infinito, y que se insertan en otras repeticiones, como “una puerta de aquellas puertas” que debían sonar como un ritmo musical.
Entre estas repeticiones sorprende que se midan los espacios temporalmente, por los años o siglos que se tardara en recorrerlos “a buen paso” o “al galope de un caballo”, como hoy se habla, temporalmente, del espacio de un año luz, lo que la luz recorre en un año.
El autor es un Musulmán por tradición, como se ve cuando describe la belleza de las mujeres habitadoras del Paraíso; pero también es un Morisco, que ha pensado y ha soñado mucho en el Paraíso, y también en las distinciones Católicas acerca de lo que no es Paraíso ni Infierno, como el Purgatorio, el Limbo y el Seno de Abraham, y que no duda en inventar una categoría especial para los rebeldes Moriscos.